El Nobel al que le gustaba dormir


Tras la vorágine que dentro y fuera del hotel suponía cada mañana sanferminera el “encierro” de los toros, desde la cocina del hotel la camarera salía con una bandeja sobre la mano con el desayuno para la habitación 217. Al inquilino de esa habitación –de barba blanca y cuerpo robusto- no le gustaba bajar al comedor; su popularidad era un inconveniente si lo que se quería era desayunar con tranquilidad.



Dos golpes de cortesía con los nudillos en la puerta eran el aviso de llegada con el que la camarera se identificaba. No esperaba respuesta, nunca la había. La puerta la había dejado él abierta para que llegado ese momento la camarera tuviese libre acceso sin necesidad de hacerle levantar a él. –“Buenos días don Ernesto, le dejo aquí su desayuno”, decía ritualmente la dama del servicio mientras dejaba la bandeja sobre la mesa, aun sabiendo que él no le oía, que dormía profundamente, como todos los días.


Allí quedaba don Ernesto a solas con su desayuno, un desayuno que se iba enfriando sobre una mesa, rodeado de sillas, butacas, escritorio, espejo, exactamente los mismos que hoy siguen decorando esta estancia. Don Ernesto, Ernest Hemingway, de alguna manera sigue estando allí..., sin responder..., como siempre.