Gracias, maestro

LlegĂł, estuvo treinta años, y se fue. Ese fue Manolete, uno de esos pocos diestros que fue capaz de hacerle un quiebro a la historia de la tauromaquia reconduciĂ©ndola, con personalidad y valor sereno, por el camino de la seriedad. No quiso ser de los del montĂłn, y lo consiguiĂł, dejando ademĂĄs el listĂłn alto, ¡muy alto!. Por ello, precisamente por ello, se le considera uno de los califas del toreo; y no es de extrañar que otro de nuestros mĂ­ticos clientes, Orson Welles, acuñase para la historia aquella frase de “si yo fuera español estarĂ­a orgulloso de haber vivido en el mismo siglo que Manolete”.





Durante casi un siglo La Perla ha sido el hotel taurino en Pamplona, el que ha acogido en sus habitaciones a lo mĂĄs selecto de la tauromaquia de diferentes Ă©pocas. Pero justo es reconocer que, de todos los matadores de toros que en este establecimiento se han alojado, ha sido el cordobĂ©s Manuel RodrĂ­guez Manolete ( 4 de julio de 1917-29 de agosto de 1947) el que ha dejado una huella mĂĄs profunda, del que mĂĄs datos y testimonios tenemos. Estuvo estrechamente ligado a la habitaciĂłn nĂșmero 44 (que tras la reforma de 1951 tuvo el nĂșmero 106, y desde 2007 lleva el nĂșmero 105).  


Manolete tiene su propia historia dentro del Gran Hotel La Perla, una historia que nos habla de enorme generosidad con su cuadrilla, una historia que nos habla de sinsabores por faenas poco afortunadas, de plegarias en soledad ante la improvisada capilla junto a la cama en honor al Padre JesĂșs CaĂ­do, de recuperaciĂłn mĂ©dica tras un accidente de trĂĄfico, de momentos emotivos hablando por telĂ©fono con su madre compartiendo con ella la alegrĂ­a de triunfos y trofeos, de momentos de angustia al conocer el resultado doblemente trĂĄgico del encierro con los toros a los que esa tarde se iba a enfrentar, de pacientes poses para los fotĂłgrafos… De todo eso y de mucho mĂĄs nos hablan esas paredes, espacios a los que hay que saber escuchar en un dĂ­a como el de hoy, centenario del nacimiento de uno de los grandes del arte de CĂșchares. Entre las paredes de la habitaciĂłn 105, quien tenga oĂ­dos sensibles podrĂĄ escuchar con mĂĄs fuerza que nunca las ovaciones que Manolete estĂĄ recibiendo. ¡Gracias… maestro!