Conozca las fiestas de San Fermín de forma única

Disfrute de la emoción de la fiesta desde el centro de la ciudad

Habitaciones Históricas

Estancias dedicadas a personajes como Víctor Eusa, Hemingway, Pablo Sarasate, Orson Welles o Manolete

Suite 201 Hemingway

El mejor embajador de las fiestas de San Fermín cuenta con una Suite personalizada que se conserva tal y como él la conoció.

El placer de un buen desayuno servido en mesa

Empezar el día con calma y tranquilidad es un lujo

El Salón La Perla

Podrá descansar y disfrutar de la colección de libros firmados por nuestros huéspedes

Boda en Pamplona






Si Pamplona es la ciudad elegida para celebrar vuestra boda, encontraréis una oferta muy interesante donde poder disfrutar del gran día. Las mejores wedding planner en Pamplona y Navarra se dedican a asesorar a los novios sobre cómo estructurar la boda y a organizar ciertos aspectos como la decoración o la música, entre otros, pero si sois de los que os gusta preparar un día tan importante vosotros mismos para aseguraros de que salga perfecto...¿Por qué no empezar por el final?

La preparación de una boda siempre tiene momentos de nervios, tensión, incertidumbre y sobre todo muchas decisiones. Por eso, si tenéis el día y el lugar elegido, os recomendamos empezar por el final: la noche de bodas. Acertaréis seguro eligiendo un lugar con encanto, histórico y especial como son las suites del Gran Hotel La Perla (Plaza del Castillo-Pamplona). Habitaciones cuidadas al máximo detalle en las que además, podréis prepararos para ese día: vestiros, maquillaros o peinaros con calma y tranquilidad en un entorno de lujo y brindar con vuestra familia o amigas más íntimas. A muchos novios, también les encanta poder empezar su reportaje fotográfico en la habitación y aprovechar otras estancias del hotel, como el Salón La Perla, para hacer fotos únicas.

Fotos: oneshotphotowedding








La habitación más demandada


Tras la vorágine que dentro y fuera del hotel suponía cada mañana sanferminera el “encierro” de los toros, desde la cocina del hotel la camarera salía con una bandeja sobre la mano con el desayuno para la habitación 217. Al inquilino de esa habitación –de barba blanca y cuerpo robusto- no le gustaba bajar al comedor; su popularidad era un inconveniente si lo que se quería era desayunar con tranquilidad.



Dos golpes de cortesía con los nudillos en la puerta eran el aviso de llegada con el que la camarera se identificaba. No esperaba respuesta, nunca la había. La puerta la había dejado él abierta para que llegado ese momento la camarera tuviese libre acceso sin necesidad de hacerle levantar a él. –“Buenos días don Ernesto, le dejo aquí su desayuno”, decía ritualmente la dama del servicio mientras dejaba la bandeja sobre la mesa, aun sabiendo que él no le oía, que dormía profundamente, como todos los días.


Allí quedaba don Ernesto a solas con su desayuno, un desayuno que se iba enfriando sobre una mesa, rodeado de sillas, butacas, escritorio, espejo, exactamente los mismos que hoy siguen decorando esta estancia. Don Ernesto, Ernest Hemingway, de alguna manera sigue estando allí..., sin responder..., como siempre.